Oracion a Dios y a la Virgen Maria y a Jesus

Salmo 9 de Protección contra todo mal

En el nombre del Padre, del Hijo y del Espiritu Santo, Amén…

Iniciamos rezando la oración a San David de Jerusalén  y continuaremos con el salmo siguiente:

 

SALMO IX

Con todo el corazón, con toda el alma exaltará tu gloria el labio mió, y cantará las altas maravillas, que hiciste en mí favor, ¡oh Dios benigno¡ Transportado de júbilo y de gozo cantaré dulces Salmos, tiernos himnos en honor de tu nombre soberano, que de gloria y honor es siempre digno. Porque Señor, cuando tu enojo ponga en fuga á mis feroces enemigos, ellos se abatirán, y el miedo solo los hará perecer en el camino. Tú, cuyos juicios solo regulados por la razón son siempre esclarecidos, tú te pusiste sobre tu alto trono, y por fin pronunciaste en mi litigio. Tú condenaste á las naciones locas, que te han desconocido, al exterminio, y hasta quisiste que de su memoria no quedas e en la tierra ni un vestigio. Tú quitaste la espada y demás armas á nuestros mas feroces enemigos, y ni siquiera pueden congregarse, pues sus ciudades has ya destruido. Pereció su memoria con estruendo, porque sus armas solo hicieron ruido; pero el Señor subsiste eternamente mas allá de los siglos de los siglos. Preparado se tiene un trono excelso, y severo tal vez , tal vez benigno juzga toda la tierra y sus naciones, según que cada cual ha merecido . Pero es refugio de los miserables, de todo desdichado es el asilo, él los socorre en sus necesidades, y los consuela en todos sus conflictos. Que esperen pues en ti, Dios adorado , los que conocen tu inmortal cariño; los que saben que nunca desamparas á los que solo buscan tu servicio. Cantad todos al Dios, que en Sion mora, á ese Dios tan amable y compasivo, y explicad el cuidado con que atiende a los que le confian sus alivios. Publicad que se acuerda, y vengar quiere la sangre de su pueblo preferido, y que tampoco olvida los clamores de los que pobres son y desvalidos. Ve, Señor, el estado miserable en que me tienen ya mis enemigos, y apiádate de mí, que ya no puedo tolerar sufrimientos tan indignos. Pues de las mismas puertas d e la muerte mil veces me sacó tu brazo iuvicto, haz que á Jerusalen pueda volverme, para contar en ella tus prodigios. Confesaré, Señor, con alegría, que te debo el favor de estar tranquilo, pues las naciones han de aniquilarse por lo mismo que intentan destruirnos. En las astutas redes que nos tienden, quedarán presos nuestros enemigos, y en los ocultos lazos que nos arman, se verán enredados ellos mismos. Y cuando vean qu e los pecadores se arruinan con sus propios artificios,  conocerán que un Dios hay en el cielo, y que confunde y ciega á los inicuos. Los pueblos que al Señor no reconocen. serán aniquilados y perdidos, y los malvados muertos: de este modo ambo s caerán en el fatal abismo. Porque en fin nunca Dios olvidar puede cuanto sufren los pobres desvalidos, ni dejará sin premio su paciencia , ni dejará á los malos sin castigo. Levántate, Señor, y no permitas que crezca la insolencia del maligno, y juzga las naciones que nos tienen en continuados sustos y peligros. Pues tan bárbaras son, envía presto al un legislador esclarecido, que les pueda enseñar el que son hombres, y que no deben ser tan asesinos. ¿Porqué, Señor, te alejas de nosotros? porqué, cuando nos miras afligidos, nos desamparas tanto? pues entonces necesitamos mas de tus auxilios. Se indigna el pobre cuando ve que el malo en su orgullo es feliz; dispon, Dios mío, que solo sirvan á su propia ruina de su feroz soberbia los delirios. También los pecadores se insolentan cuando ven que se aprueban sus designios, aunque sean culpables, perniciosos, y que se acerquen mucho a ser delitos. Así la indignación de Dios provocan, y habiendo esta llegado á lo infinito, cómo el Señor no toma alta venganza! ¿cómo vivir los deja tan tranquilos? Jamás piensa en su Dios el que es malvado, y siempre multiplica sus delirios; como al Señor no teme, nada omite para oprimir mejorá su enemigo. Porque dice entre sí: no, nadie puede bajarme de esta altura en que me miro, nadie puede quitarme mi fortuna, y la dulce abundancia con qu e vivo. Su boca llena está de maldiciones, de amarguras, de engaños y artificios, y sus labios no se abren sino solo para hacer mal á otros, y afligirlos.  Acecha al inocente con astucia, para mas á su salvo comprimirlo, y para que le ayuden á lograrlo, suele también juntars e con el rico. Tiene los ojos fijos sobre el pobre, buscando la ocasión de destruirlo, como el león que á la boca de su cueva con impaciencia aguarda el corderillo. No hay arte, no hay insidia que no emplee para que se le acerque el desvalido, mas no tiene otro fin que despojarlo, y apropiarse sus bienes, aunque chicos. Lo hará caer en sus astutas redes, y cuando ya lo tenga bien cogido, se arrojará sobre él para domarlo, y asegurar por fuerza su dominio. Dijo en su corazón el insolente: ya se ha olvidado Dios, ó no ha querido ver lo que hacemos; pues que vuelve el rostro para no ver de l mundo los delitos. Levántate Señor, y muestra el brazo con que al mundo gobiernas escondido, no dejes tanto tiempo en abandono á los pobres que sufre n tan sumisos. ¿Porqué el malvado á hacer el mal se atreve? porque piensa que Dios el mal no ha visto; mas se engaña , Señor, porque tú siempre tiene s tus ojos sobr e el justo lijos, Para pesar sus penas y dolores, para probar su esfuerzo y su cariño, y descargar después tu fuerte mano  obre sus enconados enemigos. El pobre, por el mundo maltratado, será por tus bondades socorrido, y hallará en tí el amparo que los hombres le niegan sin rubor para su alivio. Mas tú castigarás tanta dureza, y harás desparecerá los malignos, de modo que no dejen en la tierra de ellos ni sus maldades un vestigio. El Señor es quien reina eternamente mas allá de los siglos de los siglos; mas vosotras, naciones extranjeras, que sois nuestros feroces enemigos; Pues que rebeldes á sus santas leyes, no os sujetáis á su feliz dominio, seréis exterminadas, y esta tierra no dará habitación á vuestros hijos. Porque el Señor escuchará piadoso el ruego de sus justos afligidos; los ardientes deseos de sus almas te obligarán , mi Dios, á oir sus gritos. Oirás á los humildes que te imploran, serás para los pobres compasivo, y no permitirás que con arrojo puedan glorificarse los altivos.