Oración de la Mañana

Como debemos leer el Evangelio para entender la palabra de Dios

El paradigma nos debe inspirar este brío que muchos expresaban, nos cuenta San Lucas, se han esforzado a establecer la dependencia de los sucesos acontecidos entre nosotros, como nos las narraron los que desde el principio las percibieron y fueron ministros de la palabra de Dios.

Después de haber entendido muy bien como los sucesos del evangelio pasaron desde el principio, escribirlos por ordenanza de Dios, para que conozcamos la verdad de las cosas que se han enseñado. San Lucas se propuso a escribir su Evangelio del ejemplo de los otros; los Santos Evangelistas San Mateo y San Marcos, que habían escrito antes que él, pero que no lo habían escrito todo; Del ejemplo de los Evangelistas desechados en aquel tiempo por la iglesia y que no habían escrito guiados del Espíritu Santo. También nosotros debemos animarnos a leer y meditar el Evangelio del ejemplo de los Santos y aun de los mundanos.

La importancia de concentrarse durante la oración

Ya que muchos leen y meditan el Evangelio con tanta atención y frecuencia que hallan en él tantas satisfacciones y logran de su lección tanto fruto: ¿por qué no los imitaré yo? Ya que muchos con tanta seriedad se ocupan en una multitud de frívolos objetos, ya que yo mismo he perdido tanto tiempo en lecciones, en pensamientos, en reflexiones inútiles, y aun dolosas: ¿por qué ahora no forjaré por mi eterna salvación lo que tantos terceros, y yo mismo he hecho por el mundo y por la jactancia? Ahí Dios mío: me ha parecido también a mí que esto es aplicarme seriamente al estudio y a la meditación del Santo Evangelio.

La facilidad de esta práctica encenderá más y más mi arrojo; porque aquí no se trata de profundas y abstractas especulaciones: la historia de Jesucristo es conocida a todo el mundo y con esta quiero formar el centro de mis meditaciones, pues la historia de Jesús es el fundamento de la religión. No nos excusemos alegando nuestra imposibilidad de meditar. ¿Hay cosa más fácil que leer una historia, ocuparse en ella y reflexionar sobre lo mismo que se lee? ¿porque pensar que encontraremos tedio, y disgusto en el meditar? La historia agrada a todo el mundo ¿y qué historia puede ser más interesante, más noble y más extraordinaria que la de un Dios hecho hombre, que vivió, que trabajó y que conversó con nosotros?

La importancia de este ejercicio nos hará más vehementes y fervorosos en orar. Antes yo veía al tiempo dado a la meditación como un tiempo perdido y pasado en el ocio ¡que mis ocupaciones no me permitían rezar! ¿No es esta la ocupación y el ejercicio la mayor jerarquía? Las cosas ocurridas entre nosotros: ¿No son estas las que se obraron por nosotros y por mí en particular? ¿No son estas la base de la devoción, el centro de mi fe, la regla de mis costumbres, el fundamento de mi esperanza y el principio de la vida eterna que espero? Por otra parte ¿cómo me preservaré de la corrupción del siglo sin estar entendido de estas magnas verdades? ¿Y cómo lo estaré, sino con una continua enseñanza y meditación?

Es obligatorio meditar el Evangelio con mucha fe

La fe requiere de nosotros que no leamos otro evangelio que el que nos muestra la Iglesia y que rechacemos cualquier otro que la Iglesia no recoge o que ha censurado. Decía San Lucas que nos han esforzado a establecer la relación de los sucesos de Jesucristo.

Ahora pues, ¿quién nos ha dado como divinos é inspirados los libros del Evangelio, que tenemos y quién ha desechado como falsos y apócrifos los otros Evangelios? ¿quién ha hecho el juicio de estas obras? La Iglesia.  Con esto nos plantea para considerar e imitar tres modelos.

Un modelo de su autoridad suprema é segura en lo que toca a la enseñanza y al depósito de la fe. Los falsos Evangelios han sido expulsados, condenados por la Iglesia y al sancionarlos no ha podido errar: de otra forma las palabras de Jesucristo hubieran sido vacías y carecerían de fundamento en nuestra fe. Lo mismo deben enunciar de todos los libros que condena y que sancionará hasta el fin de los siglos, jamás se le ha quitado esta jurisdicción y la guardará mientras que haya mortales que guiar, que educar y que resguardar del traspié.

La iglesia nos plantea el ejemplo de la obediencia de los incipientes fieles a sus arbitrajes. ¿En qué han terminado los falsos Evangelios? La obediencia de los primeros cristianos no ha permitido que estos diabólicos libros alcancen hasta nosotros y lo idéntico seria de todos los terceros que hasta hoy han emanado y publicado tantos falsos pastores, si se hubiera mantenido y eternizado la misma sumisión. La autoridad que ha juzgado y condenado los falsos Evangelios, tiene igualmente derecho de juzgar y de condenar los falsos sentidos que se dan al verdadero Evangelio. Un libro recibe su apreciación del sentido que en si contiene; pues recoger de los patrocinios de la Iglesia el tratado del Evangelio y darle sentidos criticados por la Iglesia, seria sin duda impugnar y seguir efectivamente un falso Evangelio.

Lejos de nosotros el suprimir a un Evangelio que ha sido escrito según la práctica vocal, la palabra no escrita, la oratoria Evangélica y la enseñanza de la Iglesia. Esta usanza ha antecedido a la escritura, nos la ha legado, la conduce siempre y la explica. Esta tradición sube continuamente basta aquellos que advirtieron las cosas desde el principio y fueron ministros de la palabra: esto es, no solo hasta los Apóstoles que fueron eruditos por Jesucristo o quienes bajo el Espíritu Santo para dar impulso y virtud a sus conocimientos , sino además hasta la Santísima Virgen y San José, testigos probados de cuanto ocurrió en el nacimiento, en la infancia y en la juventud de Jesucristo… ¡Qué consuelo para los corazones católicos… ¿Por qué no entran también con nosotros todos los Cristianos?

La Iglesia plantea por ejemplo la mala fe de los autores desconocidos de los falsos Evangelios. Es de sospechar que estos no se empeñaron contra su autoridad: por lo menos no advertimos que la hayan turbado con apologías y con defensas ofensivas, ni que hayan dejado después a sus abogados de sus libros y pertinaces en este lugar sus decisiones. Si los escritores de los siglos siguientes no han tenido la misma docilidad, guardémonos nosotros de hacernos partícipes de su insubordinación, de estudiar sus obras y también de aislarnos de la obediencia de auténticos fieles, para aumentar la cantidad de los partidarios equivocados.

Es preciso meditar el Evangelio con fidelidad

Me ha parecido a mí también, después de haberme enterado muy bien como transitaron desde el principio, todo bien nos llega de Dios sin que nosotros lo merezcamos; pero no convenimos abusar de esta sinceridad, para provocar nuestra pereza. Si Dios ha querido que aun los escritores inspirados hayan usado toda fidelidad y que hayan hecho todas sus actividades para ser feligreses ¿con cuánta mayor razón exigirá nuestras inspiraciones, para aprovecharnos de esta misma inspiración?  Con esta disciplina se debe desarrollar nuestro cuerpo, nuestro espíritu y a nuestro corazón.

Tener exactitud del cuerpo consiste en ser fielmente puntuales todos los días en la lección y meditación del Venerable Evangelio, aunque a costa de nuestro reposo, de nuestros negocios, de nuestros trabajos, de nuestros regodeos y de nuestros propios pensamientos. Si nos cuesta algún poco, seremos posteriormente muy recompensados. Tanto el espíritu, cuanto el cuerpo, tiene su pereza, que se debe someter, aplicándose seriamente a la reflexión. El espíritu tiene una liviandad asombrosa, que se debe limitar. Los entretenimientos lo sorprenden de todas partes. No aceptemos jamás las voluntarias, porque Dios que las ve se dará por ofendido nos puede castigar en el mismo instante con una sed y un disgusto, que comunicándose y extendiéndose á todas nuestras oraciones de piedad, nos puede durar todo el lapso de nuestra vida.

El espíritu tiene un orgullo y una secreta jactancia que conviene domar. Ve con pena y con disgusto que no es dueño de sí mismo: que no puede repasar en lo que quiere y que mil pasatiempos te hacen pensar le que no quiere. En este caso, los pasatiempos inconscientes no deben jamás hacernos dejar la moración, ni ocasionarnos inquietud o sorpresa: nos deben solamente mover a oprimirnos frente a Dios: a dar la razón de nuestra debilidad; á implorar el socorro del Señor y a ofrecerle nuestra pena. La oración más suspendida con las distracciones impensadas es siempre más meritoria, por lo mismo que es más penosa y más humilde.

Orar para ganarnos a Dios en nuestros corazones

El corazón lleva al semejante tiempo el deber del cuerpo y la versatilidad del espíritu: como el cuerpo’ cae con su propio peso hacia la tierra y así que el espíritu se exhala en mil pretensiones y afectos fantásticos. Es propio de la oración levantarlo y fijarlo. La exactitud o sea el esmero que convenimos tener, consiste primeramente en prendarse al sujeto que especulamos. Todo lo que se base en el rezo, se forma por el corazón; por moverlo, por conmover y por purificarlo.

Encaucemos a este fin todos nuestros pensamientos y todas nuestras reflexiones. Si nuestro corazón no se conmueve, son inútiles aun las más nobles doctrinas que puede crear nuestro espíritu. Una sola palabra que comprenda nuestro corazón, vale más que los pensamientos más excelsos que no tengan la potencia de excitarlo ¿alguna emoción religiosa. Esta exactitud reside también en hacer en el itinerario de la meditación otros muchos actos íntimos de diferentes dignidades, según el argumento que se medita: estos actos son un ejercicio del corazón este ejercicio lo pone en pensamiento: poco a poco te enciende y a las veces lo inflama en el amor divino: este amor es el que sobre todo correspondemos encender y estimular en nosotros mismos.

El Evangelio es la ley del amor; todo en él se encamina al amor; milagros, conocimientos, misterios, amenazas y ofrecimientos, todo nos lleva al amor: San Lucas dirige su Evangelio vislumbra a todos los Cristianos bajo el nombre de Theophilos, que quiere decir enamorado de Dios: en efecto, el que no ama a Dios, no es Cristiano o lo es directamente de nombre. Finalmente esta fidelidad consiste en inmovilizar alguna cosa de nuestra meditación, que nos perturbe; algún sentimiento afectivo con que nuestro corazón pueda sacrosantamente recrear en aquel día; o cualquiera intrepidez práctica, que nos reprenda dé algún defecto, o que nos haga adiestrar cualquier virtud.

Hay que tener confianza en el Evangelio al rezar

Nuestra confianza y deseos deben ser, de sacar de la lectura y de la reflexión del Evangelio el producto qué Dios quiere que logremos; esto es, la comprensión de la verdad. Para que tú conozcas, dice San Lucas, la realidad de las cosas que te han sido educadas. Nosotros estamos ilustrados de la vida, de los misterios, de los milagros, de las alocuciones de nuestro Señor, pero aquí se trata de adquirir es un juicio más cabal. Nosotros lo obtenemos con estudiar, meditar y unir la relación de Tos cuatro Evangelistas. Veremos el tiempo, el lugar, el momento y las circunstancias de cada hecho Evangélico. Este orden nos lo hará vislumbrar mejor, y retener más fácilmente; nosotros pensaremos con más seguridad las relaciones; nuestro espíritu quedará más inspirado, más movido nuestro corazón, y nuestra piedad más labrada.

No se puede leer el Evangelio sin admirarlo, aun cuando se estudien solo de paso sus biografías, y sin particular atención. Pero cuando cada día un Cristiano escoge un dispuesto o un discurso en privativa y fija en él su atención, lo considera paulatinamente y a su complacencia bajo todas sus crónicas; lo medita, absorbe toda su sustancia: entonces revela en él maravillas; encuentra satisfacción y cosas tan sublimes, que penetran el alma y la despojan: cosas todas que en vano se investigarían en otra momento; en una palabra, se halla obligado a declarar, que todo en él es grande, noble, impresionable, iluminado y divino.

La fe no puede oscilar en quien reza cristianamente el Evangelio de Jesucristo. De hecho, meditando este sagrado tratado, se encuentra obligado a aceptar que esto no es de fantasía humana, esto no puede ser falso. Estos hechos y esta forma de contarlos son superiores al hombre, no logran tener por autor a otro que a Dios.  ¿Quién jamás ha escrito con mayor nobleza y menos artificio? ¿Qué obra enseño jamás una doctrina más sublime y cuya composición hayan tenido mayores caracteres de verdad, de fuerza, de simplicidad y de elevación? Lo sobrenatural no se puede reproducir; allí no se ve ni memoria, ni pasión los acontecimientos que en él se narran, llevan todos unos signos de luz y de divinidad, que comunica, corresponde a la nobleza y la majestad de aquel que es el sujeto.

Te doy infinitas gracias oh Dios mío, con toda la extensión de mi corazón. Por haberme hecho llegar al conocimiento de tu divino Evangelio. Poseer un bien tan grande, mi Señor, será el consuelo de mi corazón, el cotidiano alimento de mi alma y el apoyo de mi vida. Oh Santos Evangelistas, ustedes que fueron escogidos por Dios para enviarnos esta palabra de vida y que la escribieron con tanta diligencia, con tanta iluminación divina y con tanto recelo por la fe; alcanzenme la gracia de meditarla fielmente, de imprimirla profundamente en mi corazón y de practicarla constantemente, para vivir en el cielo eternamente.

En el nombre del Padre, del Hijo y del Espiritu Santo, Amen.